Juegos Olímpicos: ¿Merecen la pena?

(Por Andy Robinson, La Vanguardia de España) Tres impactos positivos suelen ser citados para justificar el enorme gasto público en las Olimpiadas; ninguno es cierto | Atenas 2004 Impulsó la economía pero las instalaciones se privatizan ahora a precio de saldo | Pekín 2008: China no necesitaba un pretexto olímpico para las grandes obras urbanas.

A parte de la eterna magia de los deportes, los organizadores de los Juegos Olímpicos y sus patrocinadores multinacionales suelen esgrimir tres argumentos para justificar el enorme gasto de dinero público que comportan las Olimpiadas: más de 15.000 millones de euros en el caso londinense -según un informe del Parlamento británico-, siete veces más de lo presupuestado en el 2005.

Primero, se argumenta, tienen un impacto económico inmediato conforme llegan cientos de miles de participantes y turistas. Es más, la presencia de miles de ejecutivos de empresas globales crea abundantes oportunidades para captar inversiones. David Cameron, el primer ministro británico, dijo la semana pasada que el dividendo olímpico para la economía ascenderá a casi 16.000 millones de euros. Segundo, los Juegos y otros grandes eventoshacen posible la rehabilitación de barrios degradados como el East End londinense donde se ha construido el estadio y la villa olímpica. Barcelona ’92 suele citarse como el ejemplo paradigmático de los Juegos como catalizador de la modernización urbana. Y, tercero, dada la epidemia de sobrepeso y obesidad que afecta a sociedades cada vez más sedentarias, los abdominales esculturales de deportistas como Jessica Ennis o Usain Bolt no pueden sino animar a la gente a hacer más ejercicio.

Estos tres factores pro olímpicos suelen repetirse hasta la saciedad en las campañas de promoción oficiales y resultarán decisivos para movilizar a la opinión pública española en favor de la candidatura de Madrid 2020. “Lo cual es extraño porque, según todos los estudios, ninguno de los tres corresponde a la realidad”, dice Mark Perryman, autor del libro Why the Olympics aren’t good for us (Por qué los Juegos Olímpicos no son buenos para nosotros, OR Books, 2012).

Puede parecer un comentario demasiado contundente. Pero sólo pasó una semana en Londres antes de que el primer factor pro olímpico se pusiera en entredicho. Cualquiera que recorra las calles del centro de la capital británica puede comprobar un descenso drástico de gente en la calle. Delante de Hyde Park el pasado lunes había más voluntarios olímpicos que turistas. Los dueños de restaurantes en Covent Garden se quejaron de que su facturación había caído más del 70%.

Un millón y medio de turistas extranjeros y nacionales suelen visitar Londres en el mes de agosto y se calcula que la mitad puede haber decidido no venir este año para evitar los problemas logísticos creados por los Juegos, según Michael Burke, economista vinculado al exalcalde londinense Ken Livingstone. Esto sólo se compensa parcialmente por unos estimados 800.000 turistas olímpicos. “Todos los turistas normales no han venido; habrá un impacto negativo en la economía”, opina Burke .

Es exactamente lo que se podía vaticinar a partir de los estudios de Juegos anteriores desde Atlanta 1996 hasta Pekín 2008, según informes de la Asociación de Turoperadores Europeos. En estas dos ciudades el número de turistas cayó durante los Juegos. “Hay escasos indicios de un impacto positivo de las Olimpiadas sobre el turismo y muchos de un impacto negativo”, advierte. Una de las excepciones es Barcelona.

Los únicos comercios que rebasan su negocio habitual estas semanas en Londres son las cadenas internacionales en el nuevo mega mall de Westfield, construido junto al parque olímpico de Stratford, propiedad de una inmobiliaria australiana. De una arquitectura anodina que responde al marketing de los patrocinadores olímpicos, desde McDonald’s a Visa, Westfield “es definitivamente el non space (el no lugar), (..) la única herencia garantizada de los Juegos Olímpicos”, lamenta el escritor Iain Sinclair en su libro Ghost milk, donde documenta la destrucción de comunidades y pequeños comercios del East End.

Tampoco hay muchos motivos para pensar que el impacto económico -después de los Juegos- será positivo. Según el estudio Los Juegos en Sydney, siete años después, de Monash University, en Melbourne, “en términos de variables económicas que se pueden medir, los Juegos han tenido un impacto negativo sobre la economía de Nueva Gales del Sur y de Australia”. En Grecia, se produjo una crecimiento del PIB del 1,5% durante los años anteriores a los Juegos (1997 al 2004). Pero, después, el impacto “se desplomó, por no decir que se esfumó completamente”, dice Evangelia Kasimati , economista griega de la Universidad de Bath, que acaba de realizar un informe sobre los Juegos de Atenas. La creación de empleo para construir instalaciones, proporcionar seguridad o guiar a la gente no dura mucho. En los tres meses después de los Juegos de Atenas, en el 2004, se destruyeron 70.000 puestos de trabajo, principalmente en la construcción, segun Kasimati. Pasará lo mismo con los cientos de miles de guías, monitores y guardias de seguridad contratados a última hora por empresas privadas como G4S. “Dicen que me van a pagar ocho libras la hora (diez euros) hasta finales de la semana que viene”, apunta Suni, un trabajador pakistaní de la empresa SSM que, en Green Park, lucía una chaqueta amarilla con la palabra steward (auxiliar). ¿Y después? “Al paro otra vez”, consideró.

Más a largo plazo, los Juegos en Atenas -“financiados casi exclusivamente con dinero publico”, recuerda Kasimati- han tenido “un impacto económico bastante modesto”. Muchos griegos ahora creen que los juegos agravaron una cultura de despilfarro público ya endémica en la burocracia griega. Los edificios icónicos y una nueva red de metro y tranvía dieron mucho trabajo a empresas extranjeras como Siemens y a arquitectos estrella como Santiago Calatrava, pero el coste para el contribuyente fue desorbitado: al menos 12.000 millones de euros, cuatro veces más que el presupuesto inicial. El Estado griego ahora trata de vender a precio de saldo algunas instalaciones olímpicas, parte de su programa de privatización forzada.

El modelo de transformación urbana impuesto por los Juegos Olímpicos , a veces, es un mundo al revés. “En Atenas, tanto como en Sydney, costó grandes esfuerzos encontrar un uso para los parques olímpicos”, dice Beatriz García, experta en Juegos Olímpicos de la Universidad de Liverpool. La transformación urbana en Pekín fue gigantesca, “la hazaña mas importante de un Estado en la historia de la humanidad”, llegó a decir Arvind Subramanian, del Peterson Institute de Washington. Pero China no necesita el pretexto olímpico para emprender grandes proyectos urbanos.

Respecto a la transformación del East End, García se muestra mas optimista que Sinclair o Perryman: “Será un hub creativo con oportunidades de crecimiento económico”. Con el tiempo, al igual que en Barcelona , “se creará una comunidad entorno a la villa olímpica y las nuevas instalaciones”. Pero, como ocurrió en Barcelona, hay quienes se preguntan: ¿qué clase de comunidad será?

Tampoco hay muchas pruebas de que el tercer factor pro olímpico sea verdad. “Sólo hay evidencia anecdótica de que el impacto sobre la participación del público en los deportes es positiva”, advierte el informe A lasting legacy for London. Después de los Juegos de Sydney se vio que sólo se había producido un aumento de practicantes de aerobic. Tras los de Atenas sí se registró un efecto inmediato. Pero, luego se desplomó para situarse en los niveles anteriores.

Link original La Vanguardia 

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Acerca de jmundaca

Papà de Daniela y Matilda, esposo de Pilo. Periodista, insatisfecho, feliz y con esperanzas permanentes.
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