Dolce Vita: Carta de Giulio Andreotti a un aspirante al poder

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(Por Antonio García Maldonado) Hay muchas cosas capaces de unir a un país, de focalizar la atención de la inmensa mayoría de ciudadanos en algo que despierte el interés o el entusiasmo de todos. Pero la mayoría de ellas suele ser costosa, providencial: un líder mesiánico, una agresión exterior que nos hiere el orgullo nacional, una peleadísima e improbable victoria en una final olímpica (que, además, es cada cuatro años), un proyecto de transición a la democracia e, incluso, un golpe de Estado. Pero, no se agobie, porque hay formas de tomar atajos.

¿Quiere ser ell nuevo Bismarck, el nieto político de Garibaldi? No se embarque en guerras de unificación ni en campañas culturales de asimilación. Son caras, y además hoy tendría usted la probable reprimenda de la Asamblea General de las Naciones Unidas –que, por más que luego algún aliado de toda la vida le salve con su veto en el Consejo de Seguridad, siempre deja mácula, oiga, y uno no vuelve a ser el mismo cuando le quitan la visa para viajar por Europa. ¡Incluso le imponen un embargo de armas! Como si la misma historia de la civilización no sirviera ya de nada. ¿Acaso creen que hemos hecho los Estados-nación jugando al Monopoly en Versalles? Yo tampoco los entiendo, pero así funcionan las cosas ahora, querido amigo.

Tome nota. Dé a conocer un crimen cometido en su país. No puede ser cualquiera. No sirve un hombre que mata, a plena luz del día y delante de todo el mundo, a su esposa. Ni un tipo que atraca un supermercado  o un banco y asesina a todos sus trabajadores. Menos aún los crímenes que tienen nombres propios: ya se conoce todo sobre ellos.

Tampoco los magnicidios funcionan bien, la realidad queda demasiado a flote –si no, mire lo que nos pasó con el asesinato de Aldo Moro, o el de JFK. No, ha de ser un crimen que tenga muchas cosas juntas, por dispares que sean –como ideado en un taller literario de tercera categoría. Nada de documentarse para involucrar a los cátaros, al Vaticano, al terrorismo islamista, a los nazis o a la CIA. Todo es mucho más fácil, querido amigo, y no sé si debemos darles las gracias a las productoras de culebrones venezolanas o a los programas de cotilleo de las televisiones de medio mundo. Un buen crimen irresuelto, con dosis de amor despechado y conexiones con el poder, resulta irresistible.

Pero tenga cuidado, porque el interés general que despierta tiene sus inconvenientes. De pronto le sale algún periodista que cree ver en todo un reflejo del submundo podrido que maneja los hilos del poder, y tirando y tirando lo mismo le sacan a uno como a un atún de las aguas del palacio presidencial. Así que, precaución: dosis justa de misterio, sospechas permanentes de conspiraciones y, al final, revelación de una verdad que no es tan contundente como para cuestionar al poder.

Si la clase dirigente queda enfangada (y siempre queda), cuídese mucho de hacer ver que fue gracias a usted que se descubrió todo y que de paso se está quitando a algunos competidores de en medio. Hablar en abstracto es fácil; déjeme que le exponga un caso.

En 1953, Wilma Montesi, una joven romana, apareció muerta en la orilla de la playa de Torvaianica, cerca de la capital italiana. En la casta sociedad de posguerra gobernada por la democracia cristiana de Alcide de Gasperi, su muerte sólo podía responder a dos hipótesis: o bien se había ahogado tras desmayarse cuando fue a refrescarse los pies, tras un paseo (algo que la autopsia avalaba: sufría una anomalía cardíaca menor, algo que la familia insistía en creer), o se había suicidado, lo que parecía congruente con el hecho de que hubiera dejado en casa la foto de su prometido, pero no con que llevara encima las llaves de casa. Con sólo estas dos posibilidades, el asunto se resolvió muy fácil. La investigación dirigida por el jefe de la Policía, Tomasso Pavone, concluyó sencillamente que, dado que la familia no había ofrecido otros datos que confirmaran la hipótesis del suicidio, la chica se había ahogado por culpa de su cardiopatía. Y todos contentos. O casi todos, porque hubo un periodista de un diario menor, Silvano Muto, que en lugar de hacer honor a su apellido, comenzó a publicar la supuesta-verdadera historia de lo ocurrido aquella noche. Y no dejaba títere con cabeza.

La conmoción fue inmediata y alcanzó a todo el país. A través del testimonio de Anna María Caglio, una aspirante a actriz que se movía como pez en el agua por los bajos fondos romanos y era, a la vez, amante de Ugo Montagna, un aristócrata siciliano bien relacionado con el poder, el país se enteró de que la élite romana, pese a repetir en público los preceptos de un Vaticano todavía poderoso, vivía en privado una vida completamente disoluta, en la que abundaban el sexo y las drogas. ”¡Qué escándalo, acabo de descubrir que aquí se juega!”, como había dicho diez años antes el prefecto de Policía en Casablanca. Al parecer, y siempre según el testimonio de la Srta. Caglio, en la casa de Capocotta, propiedad de Ugo Montagna, junto a las playas de Torvaianica y Ostia, las fiestas eran continuas, y a ellas acudían personajes públicos como Sofía Loren y Carlo Ponti, entre otros muchos protagonistas del mundo del cine, no sólo italianos. Y era eso, precisamente, lo que atraía a gran cantidad de muchachas que buscaban una oportunidad como actrices en una industria que, de mano del neorrealismo, había crecido exponencialmente desde el final de la guerra.

Todas querían formar parte de la Dolce Vita que bien mostró Fellini en su película, y que en la realidad se traducía en jornadas de ocio desmesurado en los bares glamorosos de Via Veneto o en los antros de los barrios bohemios. ¡Y no hablemos de los hombres! Muchos muertos de hambre se hacían pasar por tipos importantes del cine para así llevarse a la cama a alguna aspirante a la gloria con los pechos de Anita Eckberg. En este panorama nacieron y se desarrollaron los paparazzi. Aquí había carnaza de sobra para ellos. La promiscuidad de este submundo era abrumadora, y no es que los demás seamos de madera, pero hay formas y formas. La mismísima Santa Sede emitió comunicados denunciado películas, novelas, o reprobando hechos de los que daba cuenta la prensa.

Lo otro que venía a decir esta descocada Anna María Caglio era que su ex amante, Ugo Montagna, estaba involucrado en el asesinato de Wilma Montesi, y que los vínculos que mantenía con la cúpula del Ministerio del Interior y de la Policía le habían librado de una investigación seria y le habían procurado la exculpación. ¡Ahí es nada! Pero la cosa no quedó ahí. Involucró también a Piero Piccioni, músico, compositor de bandas sonoras, e hijo del entonces ministro de Exterior, Attilio Piccioni. Tanto el ministro de Exterior como el de Interior, Amintore Fanfani, eran estrellas ascendentes del partido y se vieron obligados a dimitir.

Yo, Giulio Andreotti, por sentido del deber, asumí la cartera de Fanfani. –después de haber sido uno de sus acusadores. La expectación por el caso era tal que el segundo juicio, fruto de las investigaciones de Raffaele Sepe, de la Corte Suprema, hubo de celebrarse en Venecia por miedo a que el furor capitalino se desbordara. No obstante, no tuvo un resultado distinto pese a que las investigaciones de Sepe fueron, no digamos más exhaustivas, sino meramente reales.

Todo el país vio o escuchó por la radio las declaraciones de personajes de toda laya: actores, arribistas del poder, políticos, hijos de políticos, prostitutas que se decían actrices, gigolós que se presentaban como productores… Sobre todo, Italia estuvo pendiente del altanero Montagna, que llegó a pisar junto a Piccioni la cárcel por unos días. Al fin salieron libres, aunque sospechados. Nadie creyó la sentencia final, pues contradecía las conclusiones de Sepe y favorecía descaradamente los intereses de la élite. Un aristócrata y el hijo de un ex ministro eran absueltos de lo que a todas luces era un crimen. El caso se extendió desde 1953 hasta el segundo juicio, el de Venecia, en 1964, y desde entonces no dejaron de revelarse nuevos datos en diarios o de publicarse libros hasta ahora.

Hace apenas un año, un tal Stephen Gundle escribió otro (La muerte y la Dolce Vita), que habla de forma extensa sobre todo esto que le cuento, aunque sin extraer de ello esta lección magistral que yo le doy sin esperar nada a cambio.

Gundle formula al final de su obra una hipótesis que me gusta: lo que provocó la muerte de Wilma Montesi fue que se arrepintió de actuar como correo de los narcotraficantes de su ciudad. Extasiada con el estilo de vida de las estrellas de cine, prisionera en un hogar de clase media baja, Wilma aceptó, por mediación de un hermano de su padre, entrar en el negocio y, cuando en una de las fiestas de Capocotta quisieron abusar de ella, intentó escapar y ahí selló su muerte, porque un nido de gente poderosa no podía exponerse a que nadie contara lo que allí sucedía.

Lea el libro y verá como todo encaja. Al final se trataba de un mero asunto de drogas, que es como decir un asunto barriobajero, menor, sin clase, por más que sea la élite la que la consume. El poder quedó a resguardo –y la sociedad pedía quedar a resguardo también, protegida de ese peligroso submundo. Nada que perturbara al poder democristiano y eclesiástico de la posguerra, y que implosionaría mucho más tarde. Pero esa ya es otra historia.

En fin, no sé de qué me sorprendo, pero en mi descargo podré decir que no fui yo quien inauguró la costumbre. Yo era muy joven, así que puede decirse que fui una víctima más de las circunstancias. Acabábamos de salir de veinte años de dictadura y de varios de guerra atroz, y para la gente esto eran meros pasatiempos, distracciones que les hacían más llevadera la posguerra. Suponíamos que la democracia era así. Aún estaba yo lejos de formular mi frase más célebre, cuando me preguntaron si el poder desgastaba y yo dije que sí, que claro, que desgastaba al que no lo tenía.

Ya sabe Ud. que sigo vivo, pese a que nací en 1919, y que soy senador vitalicio después de haber sido ministro de todo y varias veces primer ministro. Y como le decía, incluso me las vi con un líder de mi partido, Aldo Moro, que quiso pactar con los comunistas y romper el equilibrio de poder que tanto nos había costado asentar a los cristianodemócratas desde 1945. Luego lo secuestraron y plantearon condiciones, yo no cedí al chantaje de las Brigadas Rojas, por razones de Estado, y, qué lamentable, lo mataron.

Hubo también un periodista y escritor, Leonardo Sciascia, que quiso escarbar más de la cuenta en este asunto, y tuvo suerte, porque le salió un libro entretenidísimo, El Caso Moro, que disfruté mucho en el Palacio Chigi, sede del Gobierno.

Somos un pueblo de artistas, sin duda. Me han acusado de todo en mi vida: de conexiones con la mafia, de ser miembro de la logia P-2, de participar en diversas conspiraciones. Me han sometido a juicio, a una película de denuncia, a apelativos de belcebú y padrino. A todo sobreviví, como ve. Así que, cuando le digo todo esto, sé muy bien de qué le hablo.  Hágame caso: afánese en ofrecer un bonito culebrón, expóngase prudentemente al peligro, retírese a tiempo una vez se hayan quemado sus enemigos, y eríjase en la solución a todos los problemas que el crimen ha sacado a relucir. El país entero estará mirando y se lo agradecerá.

Sinceramente suyo..

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Acerca de jmundaca

Papà de Daniela y Matilda, esposo de Pilo. Periodista, insatisfecho, feliz y con esperanzas permanentes.
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