Europa vende minas, Europa quita minas

(Por José Naranjo, El País de España) Se llama C3. Pese a su nombre, no es un robot de La guerra de las galaxias ni un ordenador o un inocente cartucho de tinta. En realidad, es una mina antitanque. Nació en algún lugar de España, pero el caso es que hace unos meses fue encontrada a 15 centímetros bajo tierra en una carretera de la región de Casamance, al sur de Senegal. Sí, allí estaba, esperando que algún vehículo pasara por encima para hacer lo que sólo ella sabe hacer, explotar y llevarse alguna vida por delante.

Imágenes de Handicap International

Lo peor del caso es que C3 no estaba sola. Desde 2008 han sido encontradas en esta región del sur de Senegal, donde viven casi cien mil personas y los niños van al colegio, las mujeres al mercado y los hombres a cultivar la tierra, vender o pescar, es decir, donde transcurre la vida como en cualquier lugar del mundo, nada menos que 161 minas, de las que el 95% son europeas, sobre todo portuguesas, y la mayoría antipersonales, prohibidas desde 1999 por la Convención de Ottawa. Nadie sabe cuántas más están aún escondidas bajo suelo senegalés.

Es un pequeño misterio cómo llegó nuestra amiga C3 a esta carretera que atraviesa la bella Casamance. Las opciones no son muchas, pero ya se sabe qué pasa en las guerras, la verdad es la primera víctima. O bien la llevaron hasta allí los rebeldes del Movimiento de Fuerzas Democráticas de Casamance (MFDC), quienes no dan información de dónde han colocado minas, entre otras cosas porque no lo tienen del todo claro, o bien fue el Ejército senegalés, que niega oficialmente haberlas utilizado.

Hay que recordar que Casamance es desde hace décadas el escenario de un conflicto bélico entre el MFDC, que reclama la independencia de esta región, y el Ejército senegalés, que intenta sofocar la revuelta. Los problemas comenzaron a ser serios a partir de los años ochenta, pero esta guerra, que ha provocado entre 3.000 y 5.000 muertos, unos 60.000 desplazados, 758 víctimas de minas (la mayoría amputados) y en la que se han visto implicadas de una manera o de otra las vecinas Gambia y Guinea Bissau, no ha dejado de estar más o menos activa desde entonces. De hecho, en los últimos dos años se ha vivido un incremento de la violencia y los enfrentamientos en algunas zonas de la región. El último incidente grave tuvo lugar el pasado 21 de noviembre, cuando diez trabajadores murieron por un supuesto ataque de la guerrilla en Diagnon, a sólo 30 kilómetros de Ziguinchor.

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La asociación no gubernamental Handicap-Internacional, creada en los años ochenta, fue la que se encontró con C3 y sus “amigas”, pues está realizando el trabajo de desminado en Casamance desde 2005. Primero comenzaron con un estudio del terreno. De las 3.446 localidades de la región, visitaron un total de 311 que eran susceptibles de que hubiera minas. Finalmente detectaron 149 áreas y 63 kilómetros de carreteras o senderos “sospechosos”. En 18 meses han localizado 161 municiones (la mayoría son minas, pero aquí también se incluye alguna granada) de las que el 95% son de fabricación europea.

Y es Europa, precisamente, quien financia estas labores de limpieza en Senegal con una aportación de cuatro millones de euros. Primero vende las minas y otras armas, lucrativo negocio, y luego financia su retirada, intentando reparar el daño creado. ¿No es esto una paradoja? Jean François Le Petit, jefe de misión de Handicap-Internacional en Casamance, explica que cuatro de cada cinco minas encontradas son portuguesas, de un tipo llamado MAP. “Comenzamos con el detector de metales, pero un día nos tropezamos con una mina de fabricación belga, la PRB M35, que es indetectable porque no tiene suficiente metal. La encontramos por el detonador, pero tuvimos que cambiar toda la estrategia”, asegura Le Petit. Entonces compraron una máquina de desminado que se maneja a control remoto, la Digger 3, con la que han “limpiado” unos 200.000 metros cuadrados. Eso sí, hombres y mujeres, que también las hay, siguen siendo imprescindibles para dar por despejada una zona.

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Los problemas a los que se enfrentan en Casamance son múltiples, según explica Le Petit. A la dificultad de detectar determinado tipo de artefactos, se suma el tremendo calor que deben soportar los desminadores con equipos protectores que pesan hasta 15 kilos y bajo un sol de justicia. También complica las cosas el largo periodo de sequía que sufre la zona, que provoca que el terreno esté cada vez más duro; la abundante vegetación, que debe ser retirada antes de explorar un área; y la falta de información acerca de los lugares donde se encuentran las minas y su gran dispersión.

En este caso, los principales informadores son siempre la población local. Pero ocurre que hay zonas “sospechosas” para la gente en las que luego no aparece nada, y a la inversa, zonas aparentemente limpias en las que se produce algún descubrimiento inesperado. A veces es la lluvia la que contribuye a que “emerjan”. “En una ocasión pasábamos por una carretera ya desminada en plena época de lluvias y uno de nuestros trabajadores se dio cuenta de la presencia de una mina a simple vista, que había “subido” con el agua. Luego encontramos otras tres junto a ella”, recuerda Le Petit. Pese a los evidentes riesgos de este trabajo, el equipo de Handicap-Internacional en Casamance no ha sufrido un solo accidente. “Somos muy rigurosos con la seguridad, con la nuestra y con la de todos”, explica el jefe de una misión que también efectúa labores de información y sensibilización con la población.

Handicap-Internacional nació en los años ochenta en Camboya y desde entonces mantiene una constante actividad para ayudar a los discapacitados, “los más vulnerables entre los vulnerables”. Actúan tanto en situaciones de emergencia como en la consolidación de servicios para discapacitados, pero su programa estrella es la lucha sin cuartel contra las minas.

*José Naranjo es periodista freelance residente en Dakar (Senegal) y uno de los fundadores de www.guinguinbali.com, portal de noticias en español sobre África.

Enlace original El País 

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Acerca de jmundaca

Papà de Daniela y Matilda, esposo de Pilo. Periodista, insatisfecho, feliz y con esperanzas permanentes.
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